“Custodios
Pocas semanas después de instalarnos en nuestro nuevo hogar de Carrasco, la Orga nos informó que habíamos sido designados como custodios de la cárcel del pueblo... El movimiento intentó crear una justicia paralela a la del Estado, la Justicia Revolucionaria, y como expresión de ese objetivo se construyeron varias cárceles del pueblo donde se encerraban a los secuestrados,...
... No recuerdo exactamente las dimensiones del sótano pero creo que debía tener unos ocho metros por cuatro. Las tres cuartas partes del espacio estaban ocupadas por las camas y utensillos de los guardias y en uno de los extremos, contra la pared, se habían construido dos jaulas de hierro y malla metálica, cada una no más de cuatro metros cuadrados, ubicadas en forma de ele y rodeadas por cortinas... entre ambas quedaba el espacio suficiente para un guardia sentado. En cada una de estas jaulas estaba encerrado un hombre. Uno se llamaba Ricardo Ferrés y el otro Sir Geoffrey Jakcson...
... No había ni excusado ni ducha, aquella gente debía hacer sus necesidades en un tobo y asearse en una batea metálica... La luz del espacio de guardia debía estar siempre encendida, incluso cuando los prisioneros dormían... Una música permanente ocultaba los sonidos exteriores.
... A esa alarma debíamos responder ipso facto apagando los extractores y las luces, acostando a los prisioneros boca abajo en sus camastros con las cabezas cubiertas por capuchas con orejeras, guardar total silencio y empuñar las armas... aproveché una de las misteriosas visitas del misterioso compañero que había dado la charla inicial a quien suponíamos del comando de Columna o de la Dirección Nacional y, sin mirar su rostro, lo consulté al respecto.
-Hay que resistirse a la entrega y enfrentar la cana con las armas –respondió-. La cárcel del pueblo no puede entregarse sin resistencia –agregó enfáticamente.
-¿Y los prisioneros? –pregunté con cierto temor.
-Los chanchos no pueden ser entregados vivos –respondió ya molesto por tanta insistencia...
... ante los prisioneros utilizábamos permanentemente una capucha que, por razones obvias de seguridad, solo (sic) dejaba los ojos al descubierto...
Aquellos hombres no veían nunca la luz el sol durante sus meses o años de encierro...
